domingo, 29 de enero de 2012



Un milagro de la Vieja Mello


Contaba el alférez de infantería Nicolás de la Rosa en su celebre Floresta de Santa Marta (1742) que los riohacheros celebraban la festividad de La Virgen de los Remedios con grandeza que pasaba a prodigio el día dos de febrero.
Las festividades comenzaban el 20 de enero y culminaban con las carnestolendas. Aun hoy los habitantes de Riohacha suelen recordar en este día los milagros de la Virgen plasmados en las crónicas coloniales. Muchos de estos eventos atribuidos a la intervención divina tuvieron un carácter público como librar a la ciudad en el siglo XVII de las aguas encrespadas del Caribe, otros fueron íntimos, casi secretos y se fundamentan más en las memorias familiares que en las fuentes escritas. Sin embargo, memoria e historia constituyen evocaciones del pasado. Ambas pueden alimentarse mutuamente y compartir una buena dosis de arbitrariedad en sus preferencias y olvidos.
Esta historia me la contó mi tío abuelo Rafael Pana Uliana en mi infancia, probablemente al inicio de una noche fría y ventuosa en su ranchito de pesca en Arema, una de las desoladas playas del norte de La Guajira. A finales del siglo XIX y principios del XX un grupo de migrantes provenientes de Castelnuovo di Conza, un municipio italiano de la región de Campania, se trasladó hasta Riohacha. Había entre ellos apellidos diversos como Pugliese, Annicchiarico y Berardinelli. En el autorizado Listado de personajes extranjeros llegados a Colombia, de Luis Gallo, aparece Felice Annichiarico, italiano, nacido en 1868 en Castelnuovo, Provincia de Salerno, radicado en Riohacha desde 1900 donde ejercía como exportador de café y pieles.
A comienzos de la primera guerra mundial algunos de estos jóvenes nacidos o asentados en Riohacha fueron llamados a filas por el ejército italiano y se trasladaron hasta Europa por la vía marítima de Curazao. Una vez enrolados en el Regio Esercito debieron participar en las batallas libradas en el frente del río Isonzo. En una de ellas, posiblemente en la de Caporetto, el ejército italiano sufrió una estruendosa derrota. Las tropas austrohúngaras, reforzadas por las alemanas, rompieron el frente y penetraron más de cien kilómetros en dirección a Venecia. Las bajas fueron numerosas y más de trescientos mil soldados italianos fueron capturados por el bando contrario. Uno de los soldados que participó en la batalla vio venir a un grupo de enemigos que hundían sus bayonetas en los cuerpos tendidos de sus compañeros muertos y heridos. Cuando inevitablemente se acercaban hacia él, imploró “Virgen de los Remedios, ¿que hace un riohachero en esta guerra ajena?, si me proteges ninguno de nosotros volverá a pelear en estas tierras, sálvame para poder asistir a tu procesión el próximo dos de febrero”. Los soldados austriacos pasaron a su lado como si se hubiese vuelto invisible y siguieron apuñalando a los italianos heridos.
Nada más sabemos del soldado. No podemos precisar su apellido ni aseverar si participó en la ofensiva italiana de octubre de 1918 que derrotó al Imperio austrohúngaro y contribuyó al fin de la Primera Guerra Mundial. Solo se conoce que retornó a Riohacha y el dos de febrero cumplió su promesa a la Virgen de los Remedios. Sus familiares y descendientes, venidos de Campania, son hoy tan riohacheros como el pilón del carnaval. Quizá, después de su retorno a casa, narraría bajo el abrigo del viento del nordeste las escenas cruentas de la guerra y su milagro particular a sus paisanos. Tal vez entre ellos se asomaba con los oídos aguzados y la memoria fértil el joven rostro wayuu de mi tío abuelo.
Por Weildler Guerra C.
wilderguerra@gmail.com




miércoles, 4 de enero de 2012

Con nobleza de espíritu y sin fines de lucro

Tras el fatigoso y devastador invierno que pasó enero nos ha devuelto las añoradas brisas de verano y todos esperan que estas se tornen en auspiciadores vientos de cambio que acompañen la gestión de los nuevos gobiernos. Aunque Baltasar Gracián ha dicho que la esperanza es un gran falsificador la mayoría de los ciudadanos están cansados de que muchos actores políticos entiendan su ascenso al poder solo como la oportunidad de capturar rentas mediante el manejo del presupuesto público y de desviar la contratación de los servicios que presta o que gestiona el Estado como educación, vías, agua, aseo y salud  hacia individuos o firmas que les garantizan un porcentaje de dichos recursos.


En  nuestro medio, pero también en otras latitudes, prevalece la idea utilitarista de que la política es una empresa económica en la que el enriquecimiento tanto del individuo como de la camarilla que le sigue y su mantenimiento perpetuo en el poder constituyen el fin máximo de dicha actividad. Toda persona que comparta esta concepción es considerada elogiosamente como “pragmática” y quien la cuestione es llamada “romántica”. Mucha gente que sucumbe ante el poder contribuye con argumentos y con actitudes a la naturalización de la corrupción, de las conductas incívicas y amorales y a la aceptación y la connivencia con la mentira. ¿Qué ha pasado con las nociones de altruismo y de bien común?  


Ya en 1917 el escritor bengalí Rabindranath Tagore advertía que el hombre integro ha ido cediendo cada vez más espacio al hombre comercial, el hombre limitado a un solo fin. Los seres humanos deben cuidarse de la tiranía que crean las posesiones materiales, decía Tagore, pues ello causa su desequilibrio moral y oscurece su lado más humano. El dinero es solo un instrumento y no un fin en sí mismo. Si cedemos a esa tiranía por debilidad comienza un proceso de suicidio gradual por encogimiento del alma.


La filósofa norteamericana Martha Nussbaum cree que atravesamos una crisis silenciosa y destructiva  como un cáncer  más grave aun que las dificultades  por las que atraviesan las economías del mundo noratlántico. En su obra Sin fines de lucro (2010) considera que la erradicación de las artes y las humanidades de la educación superior es perjudicial para el mantenimiento de la democracia. Si los estados  ávidos de dinero consideran a las humanidades como ornamentos inútiles y solo  promueven aquella educación para la producción de renta en breve tendremos generaciones enteras de maquinas utilitarias en vez de ciudadanos cabales con imaginación, visión crítica, capaces de crear y de pensar por sí mismos y de comprender los logros y los sufrimientos ajenos.


Nuestra  sociedad quizás deba recuperar ideales ya olvidados. El pensador holandés Rob Riemen, apoyándose en Thomas Mann, cree que debemos retornar a una idea olvidada: la de nobleza de espíritu. Mann pensaba que sólo la nobleza de espíritu puede corregir al alma humana al rechazar la mentira, el pragmatismo acomodaticio que socava la dignidad y la ética para apostar por la valentía y la verdad, aún a costa de nuestros intereses individuales. Es un ideal aristocrático y democrático a la vez, porque no se requiere de riqueza material ni talento especial para vivir la vida con nobleza de espíritu.


Los nuevos gobernantes no deben perder de vista este ideal y recordar que no es suficiente la búsqueda y obtención de  la paz, los derechos fundamentales y la prosperidad económica. El reto a luz de la historia es darles sentido a estas conquistas.

wilderguerra@gmail.com





Rabindranath Tagore